Memorias de la Vieja Castilla
Los caminos de la memoria

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jueves, 9 de julio de 2026

Romances y coplas de ciego en Tierra de Campos

Además de las canciones que voy recogiendo en el Álbum sonoro familiar, otro de los recuerdos que forman parte del acervo de mi familia son los romances y coplas de ciego a los que me he referido en diferentes entradas de este blog. En este apartado de la cultura popular entrarían también algunas de las canciones infantiles —algunas no dejaban de ser romances— que, transmitidas sobre todo por mi madre, recogí en Canciones infantiles de antaño (1893-1973) del blog Memorias del Viejo Pamplona, pero en esta entrada me voy a limitar a los romances tradicionales y coplas de ciego.

Antes de que hubiera radio en las cocinas, antes de que el televisor presidiera las cenas, solía haber un hombre que llegaba andando a la plaza del pueblo los días de fiesta y de mercado y que por pocos céntimos contaba en los pueblos de Tierra de Campos lo que pasaba en el mundo: un crimen en Sevilla, un milagro en Zaragoza, una hija que mató a su madre porque la querían casar a la fuerza. Era ciego casi siempre —de ahí el nombre—, pobre, y traía la actualidad y el espanto y la moraleja en el mismo paquete, cantados a voz en cuello sobre una melodía monótona que se pegaba al oído y ya no se iba.

Mi padre le compraba de vez en cuando a mi madre estos pliegos de cordel. En ellos se recogían en versos, que no siempre rimaban, crónicas sobre diferentes sucesos truculentos. En primer lugar habría que diferenciar los romances tradicionales de las coplas de ciego. El romance es una forma métrica antiquísima —versos octosílabos con rima asonante en los pares— que en España es la estrofa popular por excelencia; el romancero viejo, el tradicional, se transmitía casi siempre oralmente de padres a hijos sin papel de por medio. Solía tratar de guerras, cautivos, amores, venganzas, apariciones, malcasadas o episodios legendarios.

En este blog he recogido el romance tradicional de Delgadina y las coplas de ciego Julia Rodrigo, Un mocito de Mugardos y una referencia a una copla, cuyo texto no he podido encontrar en ningún sitio y que yo llamo El día 7 de enero porque con esa fecha comenzaba y que hablaba de un crimen pasional cometido por un sujeto llamado Luis Calvo.

El romance de ciego o copla de ciego es una cosa diferente al romance tradicional, aunque emparentada con aquel. Es una composición en verso, casi siempre de autor anónimo, que narraba un suceso —real o presentado como real— efectista o de resonancia: un crimen atroz, un milagro, un castigo divino, un caso insólito, un incendio, un adulterio, un niño perdido, una moza burlada, una aparición de la Virgen o un suceso local contado como advertencia pública. Lo definía muy bien el escritor e investigador granadino Bruno Alcaraz. Decía que las coplas contaban aquellos hechos «localizados en una aldea, un pueblo, una villa o una ciudad, y que por su dramatismo, atrocidad o espanto, así como por su desenlace trágico, impresionaron a las gentes de su época».

El pliego de cordel era el soporte físico de la copla: un pliego de imprenta barato vendido por cantores ambulantes —muchas veces ciegos—, que recitaban o cantaban dichas coplas en plazas, ferias, romerías y esquinas concurridas. El pliego estaba doblado hasta formar un cuadernillo de pocas hojas, sin encuadernar, con un grabado xilografiado sobre el título —un título largo y aparatoso que a menudo resumía ya el argumento— y el texto a dos o tres columnas. Se llamaron «de cordel» porque se vendían colgados de una cuerda tendida entre dos árboles o dos clavos, sujetos con una caña a modo de pinza para que no se los llevara el aire.

Los ciegos cantores de los romances y coplas no vagaban al azar: recorrían, según el músico y folclorista Joaquín Díaz, «sendas adjudicadas de antemano que les llevaban a las ferias y mercados correspondientes donde tendrían más o menos asegurada la venta de sus pliegos». Una red comercial, con sus rutas y sus exclusivas, apoyada en viejas autorizaciones reales que permitían a los ciegos imprimir y vender estampas de santos, y que ellos ampliaron hasta convertirse en los grandes distribuidores de literatura popular del país.

El ciego llegaba al mercado, desplegaba su cartelón —un gran tablero pintado con las escenas del romance, que iba señalando con una vara mientras cantaba—, reunía el corro, y desgranaba la historia con voz de recitativo. Si el romance era largo, cortaba en lo más emocionante para no perder clientela, y aprovechaba el intermedio para vender otras mercancías: el Calendario Zaragozano con la previsión del tiempo y las ferias del año, medicinas de dudosa virtud, oraciones. «Fin de la segunda parte —anunciaba—; estas dos no pintan nada, la tercera es la que vale.» Terminada la función, el lazarillo vendía los pliegos a quien quisiera llevarse la historia a casa.

Y la gente se la llevaba. En una comarca donde en el siglo XIX y comienzos del XX muchos no sabían leer, aquellos papeles se aprendían de memoria a fuerza de oírlos, y se recitaban después en las reuniones de la lumbre, en las noches de la matanza, en las veladas de verano en torno a la hoguera. Así una copla comprada una mañana de feria seguía viva en el pueblo mucho después de que el ciego se hubiera marchado a otra villa. Escuchada, memorizada, repetida y —esto es lo importante— deformada: cada boca cambiaba una palabra, ajustaba un verso, olvidaba una estrofa y se inventaba otra. Lo he podido comprobar en las coplas que me transmitieron mis padres. El romance impreso volvía a hacerse oral, y al hacerse oral se hacía de todos.

Si uno lee los títulos, entiende enseguida de qué iba esto:  El crimen de Ceclavín, El crimen de la Ermita del Cristo del Otero, etc. Algunos de los temas eran casi exactamente los de las secciones de sucesos de cualquier periódico: crímenes pasionales, parricidios, muchachas deshonradas y abandonadas, valientes bandoleros, milagros, apariciones, catástrofes en lugares remotos que el oyente jamás pisaría. Hay además una referencia muy directa a Tierra de Campos: el Fondo de Música Tradicional del CSIC conserva una Copla de ciego de Tamariz de Campos, recogida por Joaquín Díaz, con informantes de Cuenca de Campos, Valladolid, cuyo inicio dice: «Lo que en Tamariz, señores, ha llegado a suceder». Ese arranque es muy característico: llamada al público, promesa de suceso extraordinario y tono de pregón.

El molde argumental se repetía con variaciones infinitas. Una joven honrada, de buena familia; un galán que la enamora, consigue sus favores bajo promesa de matrimonio y luego la abandona al saberla encinta; la deshonra, la vergüenza ante el qué dirán, y el desenlace: unas veces el infanticidio en un barranco y el niño salvado milagrosamente por un pastor; otras, la venganza sangrienta —la moza que coge el puñal, se planta en la iglesia el día de la boda del traidor y lo mata ante el altar—. «Yo soy la autora del crimen —declara ante el juez la Adelina de una de esas coplas—, porque a mi novio he matado, se iba a casar con otra y a mí me había deshonrado.»

En la mayoría de las coplas de ciego el suceso se jura verdadero. El ciego insistía siempre en que aquello había ocurrido de veras, con nombres, fechas y lugar, «y no era mera fantasía del autor». Y remataba con la moraleja, la lección de buenas costumbres que justificaba moralmente el regodeo en lo truculento. Las coplas eran escuela de espanto y de virtud al mismo tiempo. La Iglesia desconfiaba de estos papeles y a la vez los aprovechaba para difundir devociones; las élites cultas los despreciaban como «subliteratura», y sin embargo, como se ha escrito con razón, ningún otro repertorio contribuyó tanto «a la conformación del imaginario común y del gusto popular».

La radio y la televisión mataron al ciego de los romances a mediados del siglo XX. La misma voz eléctrica que traía el mundo a las cocinas —y que, andando el tiempo, se iría también, pero eso es otra historia— hizo innecesario al hombre que lo traía andando. El oficio se apagó en la posguerra y desapareció.

Que no se perdiera del todo se lo debemos, en Castilla, sobre todo a un hombre: Joaquín Díaz. El folclorista zamorano, afincado en Urueña —donde fundó su Centro Etnográfico y su Fundación—, dedicó parte de su vida a recoger, grabar y estudiar este patrimonio, rescatando de la memoria viva de las gentes lo que aún se recordaba. Hoy su Fundación conserva más de seis mil pliegos de cordel. Quien quiera oírlos —porque estas cosas hay que oírlas, no solo leerlas— tiene ahí las grabaciones de Joaquín Díaz. Yo recomiendo hacerlo una noche de invierno, con la casa en silencio. Se entiende de golpe por qué la gente formaba corro, por qué se les ponía la carne de gallina, y por qué muchas de aquellas historias, despojadas del pliego y del ciego, siguen andando por nuestros cuentos sin que sepamos ya de dónde vinieron.

lunes, 3 de febrero de 2025

Recuerdos sobre otros romances de ciego

En la primera mitad del siglo XX, buena parte de los crímenes eran recogidos en las coplas que recitaban y vendían los ciegos por los pueblos. Recuerdo a mis padres tararear algún viejo romance que narraba algún  otro suceso truculento, hoy se llamarían violencia de género, antes se escondían bajo el ambiguo término de crímenes pasionales.  Uno de los romances que escuche a mi padre y a mi madre   hablaba del asesinato de una chica a manos de su novio y comenzaba así: "El día 7 de enero, a las 6 de la mañana, Luis Calvo hirió a su novia, le ha dado una puñalada". Ignoró el motivo que habría usado el asesino para justificar su crimen, pero probablemente la causa fuesen los celos, muy propios de varones inseguros que creían, además que su novias eran de su propiedad. El ataque fue repentino e inesperado por la víctima como indican las siguientes estrofas: "A esta no le ha dado tiempo a dar más exclamación que decir con una voz triste: ay, primo, ya me mató". 


La chica parece ser que era la hermana mayor de varios hermanos más pequeños, que estaban bajo su cuidado ayudando a su padre viudo. "usted se ha quedado viudo y nosotros sin madre" le dicen los más pequeños a su padre ante la muerte de su hermana que hacía de madre. Posteriormente la copla cuyas estrofas incompletas no recuerdo hablaban de que el asesino se había marchado junto al rio con intención de suicidarse, cortándose las venas con la misma navaja con que mató a su novia pero al final no logró cumplir con su propósito. "Su hermano le llevó al Hospital Provincial, a la Sala de Cirugía a ver si le podían curar". Posteriormente, el asesino confiesa su crimen y posterior intento de suicidio" ambos cometidos con el mismo arma.

Buscando otros romances y coplas he encontrado esta grabación de Joaquín Diaz de más de 40 minutos que recogen un buen ramillete de coplas o romance de ciego. La segunda copla que hace referencia a una chica llamada Julia que se hace pasar por hombre, "La militara" tenía el mismo sonsonete que la copla que he intentado reconstruir. En este disco aparece también la anteriormente referenciada "Julia Rodrigo".