Memorias de la Vieja Castilla
Los caminos de la memoria

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sábado, 30 de mayo de 2026

Album sonoro familiar: Las canciones de "El último cuplé"



"El último cuplé", la película, las canciones que canta Sara Montiel en la cinta, en especial "El relicario" tienen un significado muy especial para mi familia. La vimos varias veces a lo largo de nuestra vida compartida. A mis padres y especialmente a mi madre Cecilia le gustaba mucho esta película. La primera vez que la ví fue de niño, seguramente en las vacaciones en el pueblo, en Autillo y posteriormente varias veces en casa, la última vez en la tarde del 13 de abril de 2013, cuando fallecía mi madre en el Hospital de Navarra y mi hermano me avisaba por teléfono del fatal desenlace. Sara Montiel había fallecido esa misma semana y estaban echando por enésima vez "El ultimo cuplé" como homenaje. Curiosa circunstancia que fuera esta película de final trágico tan vinculada al acervo familiar la que estuviese viendo yo en aquel fatídico momento.

La película la iba a protagonizar inicialmente Carmen Sevilla pero estaba rodando en ese momento "La venganza" de Juan Antonio Bardem. El director Juan de Orduña llamó a Sara que había venido a España de vacaciones tras estar rodando varias películas en Estados Unidos. Se rodó en condiciones muy precarias por falta de dinero. La película se estrenó el 6 de mayo de 1957 y fue la película más taquillera del cine español hasta el estreno de "No desearas al vecino del quinto" en  1970. Supuso la consagración definitiva como estrella de Sara Montiel. Sara interpreta las canciones de la película que incluye títulos tan recordados como "El relicario", "Nena", "Valencia", "Fumando espero", "Y tu no eres eso", "La madelón", "Ven y ven", "Clavelitos", "Sus picaros ojos", entre otros,  a diferencia de otras actrices que eran dobladas por cantantes profesionales.

La película narra la historia de María Luján, una gloria olvidada de la canción que actúa en un cabaret de Barcelona en los años 50. Al encontrarse con su descubridor, Juan Contreras y un grupo de amigos recuerda el pasado, sus comienzos como corista hasta llegar a convertirse es la primera figura del cuplé. Se narra la vida con su tía,  sus primeros amorios, su renuncia al noviazgo para dedicarse al cuplé, sus giras por todo el mundo, un lance por honor, su enamoramiento por un joven torero, Pepe Molina, 10 años más joven que ella. Pepe debuta en Sevilla y luego en Madrid, donde fallece en la plaza ante la mirada de María y su tía. Tras la muerte de su amado torero es cuando María Luján canta "El relicario", vestida de negro y rota por el dolor. Muy afectada por la muerte de Pepe, un médico le aconseja no volver a cantar por una afección cardíaca y se va a París. Posteriormente decide volver a España y se instala en Barcelona. Sus amigos, la animan a volver a cantar y tras una gran promoción vuelve a actuar en Madrid. Allí canta su famoso tema "Nena", tras la cual  emocionada y gravemente enferma, muere en brazos de Juan, vestida de negro y tumbada en la chaise longue. Juan anuncia al público que María ha cantado su último cuplé. A continuación dejo algunas grabaciones de las canciones más famosas de la película, "Y tu no eres eso", "El relicario" y "Nena".



domingo, 17 de mayo de 2026

Album sonoro familiar: "Rascayú, Rascayú"

Esta canción, modificada ligeramente en su texto, salía alguna vez a colación en el ámbito familiar cuando mis padres, -lo oí más en boca de mi madre que de mi padre-,   querían poner de manifiesto tu ineptitud en la vida ante un cambio drástico, por ejemplo el fallecimiento de un familiar o allegado cercano, en este caso  eran  los padres, pero podía ser el marido frente a la muerte de la esposa, etc. "Rascayú Rascayú, cuando muera que harás tú...", cuando la letra de la canción decía "Rascayú Rascayú, cuando mueras que harás tú..."

Esta canción de 1943, todo un éxito en su época,  la debieron escuchar mis padres cuando tendrían 14 o 16 años y fue compuesta e interpretada por el músico mallorquín Bonet de San Pedro. Tenía un ritmo de foxtrot y un evidente humor negro ya que narra la historia de un personaje que visita a su amor fallecido en el cementerio y  entabla amistad con diversos esqueletos. Además se pregunta que hará el personaje una vez fallecido, ya que únicamente será un cadáver, nada más.

Inspirada, según algunos expertos, en "La boda negra" del cubano Alberto Villalón, basada a su vez en un hecho real de primeros de siglo tuvo algún problema con la censura de la época especialmente porque en los entornos populares  se podía aludir  veladamente a Franco y su destino y  frente a la iglesia orque ponía en duda la existencia de la vida después de la muerte.

Fue versionada entre otros por Rudy Ventura (1960), Los gatos negros (1966) o la Topolino Radio Orquesta (1981). Adjunto el texto y la versión original de Bonet de San Pedro y "Los siete de Palma" en disco de pizarra remasterizada por Aragón Dubs.

Rascayú cuando mueras que harás túRascayú cuando mueras que harás túTú serás un cadáver nada másRascayú cuando mueras que harás túOigan la historia que contome un díaEl viejo enterrador de la comarcaEra un viejo a que la suerte impíaSu rico bien arrebató la parcaTodas las noches iba al cementerioA visitar la tumba de su hermosaY la gente murmuraba con misterio"Es un muerto escapado de la fosa"Rascayú cuando mueras que harás túRascayú cuando mueras que harás túTú serás un cadáver nada másRascayú cuando mueras que harás túHizo amistad con muchos esqueletosQue salían bailando una sardanaY mezclando sus voces de ultratumbaCon el croado de alguna ranaLos pobrecitos iban mal vestidosCon sábanas que ad hoc habían robadoY el guardián se decía con recelo"Estos muertos se me han revolucionado"Si no es bastante tétrica la historiaLos fuegos fatuos se meten en el líoArmando con sus luces tenebrosasUn cacao de padre y muy señor míoRascayú cuando mueras que harás túRascayú cuando mueras que harás túTú serás un cadáver nada másRascayú cuando mueras que harás túRascayú cuando mueras que harás túRascayú cuando mueras que harás túTú serás un cadáver nada másRascayú cuando mueras que harás tú

 



jueves, 2 de abril de 2026

Album sonoro familiar: "Las canciones de Machín"

Si hay un cantante que marcó una época y que contribuyó a la memoria sentimental de al menos una generación de españoles, concretamente la de mis padres, fue sobre y por encima de todos, Antonio Machín. Con sus canciones y la de otros cantantes de la época se enamoraron muchas parejas en este país, sus melodías sonaban por la radio o eran cantadas en bailes y verbenas. Fue, en definitiva, la banda sonora original de muchos españoles que en aquellos años de la postguerra no lo tuvieron nada fácil: trabajaron con denuedo para sacar a sus hijos adelante y  tuvieron que callar demasiadas veces, marcados como estuvieron por la desgarradora contienda. Mi madre, Cecilia, conservó esa memoria  durante buena parte de su vida, tarareando canciones  como "Madrecita", "Toda una vida", "Quizás, quizás....", "Espérame en el cielo", "Angelitos negros" etc.  Quizás por eso las canciones de Machín tiene para mi un sentido especial, son unas canciones que me llenan de nostalgia y melancolía, por el  inevitable recuerdo de mis padres, pues estas canciones estarán indisolublemente unidos,  en mi caso,  a su existencia.

Cuando a alguien, como a Machín, se le conoce sólo por el apellido, sin ningún otro añadido, es porque ha conseguido algo muy difícil de conseguir. Y es que Machín habitó en el imaginario colectivo de los hijos de la guerra reinando, sin lugar a dudas,  durante los años 40 y 50,  con sus boleros y baladas románticas, junto a las inefables cantantes de las coplas. A partir de los años 60 y 70 la juventud empezaría a conocer otros ritmos y melodías muy diferentes como las del pop y el rock que empezaban a triunfar en Europa.

Antonio Machín nació en Sagua La Grande (Las Villas-Cuba) el 19 de enero de 1904 y murió en Madrid el 4 de agosto de 1977, aunque su cuerpo está enterrado en Sevilla. Miembro de una familia numerosa de quince hermanos, fueron sus padres un emigrante español, José Lugo Padrón y una afrocubana, Leoncia Machín. En 1926 se inicia como solista en los cafetines, donde se acompaña del guitarrista Miguel Zabala. Posteriormente llega a cantar en una emisora en la que coincide con Don Azpiazu quien lo contrata como segundo cantante de su orquesta. Sin dejar a éste funda un sexteto y consigue sus primeros éxitos: "Aquellos ojos verdes", "El manisero". En 1930 deja Cuba a la que no vuelve hasta 1958. Llega a Nueva York y actúa en diferentes orquestas, además de las que él dirige: la Orquesta Machín y el Cuarteto Machín. Marcha a Europa en 1936 y recorre Londres, Paris, Suecia. Llega a España en 1939. En 1943 se casa en Sevilla Con Mª de los Ángeles Rodríguez. Más de 60 éxitos le avalan y le convierten en España en ídolo de multitudes. 

En el siguiente link de Youtube dejo casi una hora de algunas de sus canciones más famosas, en concreto las siguientes 18 canciones:

1. Dos gardenias 2. Corazón Loco 3. Amar y Vivir 4. Camarera de mi Amor 5. Toda una Vida 6. No me Vayas a Engañar 7. Quizás, Quizás, Quizás 8. Somos Novios 9. Angelitos Negros 10. Madrecita 11. Esperanza 12. A Las Doce En Punto 13. El Manisero 14. Envidia 15. Viejo Retrato 16. Yo Soy El Son Cubano 17. Negrito ¿de qué? 18. Eres Tan Linda




miércoles, 1 de abril de 2026

El médico de Fuentes: Don Juan

Del médico de Fuentes de Nava, Don Juan Taboada, o más familiarmente Don Juan tengo un nítido recuerdo especialmente en el período 1977-1982. Recuerdo que en esa época tenía el consultorio en los soportales del Ayuntamiento, en la plaza Calvo Sotelo. Sé que me atendió también de un corte de digestión que tuve cuando tendría cuatro o cinco años allá por por 1967 o 68. Dicen los que le conocieron más profundamente que entre sus aficiones estaba la lectura y la pesca.

Por lo que he podido averiguar fue médico titular de Fuentes desde el año 1959, aunque en ese período hubo también otro médico que se llamaba Don Cesáreo Carreras. Fue una persona muy querida en el pueblo, competente en su profesión y buena persona. Don Juan había nacido en 1927 en Lalín (Pontevedra) y se alojaba mientras estaba en Fuentes en la casa de Juan Herrán y Piedad Iglesias. Ejerció en el pueblo hasta el año 1995 o 96. Murió en 2003 a la edad de 76 años.

domingo, 29 de marzo de 2026

Album sonoro familiar: "Campanera"

Recupero, dentro del "album sonoro familiar", una canción que me llena de emoción y nostalgia pues se la escuché cantar a mi madre durante muchísimos  años: "La campanera". Es una de las piezas más icónicas de la cultura popular española. Fue  compuesta en 1953 por  el maestro Genaro Monreal, con letra de Francisco Naranjo y Juan Solano. La canción nació bajo el género del pasodoble, con ese ritmo de 2/4 tan característico que invita inmediatamente a bailar y que evoca las verbenas  de muchos pueblos de España. De hecho tengo un difuso recuerdo de haber visto bailar a mis padres esta pieza en alguna ocasión.

La letra es un melodrama clásico de la posguerra española. Narra la historia de una joven a la que llaman "la Campanera" porque siempre está en la torre de la iglesia. El pueblo murmura sobre ella, -el famoso "qué dirán"-, sugiriendo que oculta algo o que espera a un amante perseguido por la justicia. Sin embargo, la canción termina revelando que ella es pura y que su amado es un hombre que sufre injustamente. Es un retrato de la marginación y el prejuicio social de la época.

Si bien la canción ya existía, su éxito mundial llegó en 1956 gracias a un niño prodigio: Joselito. La interpretó en su primera película, El pequeño ruiseñor. Su voz blanca y aguda, capaz de alcanzar notas altísimas, convirtió la canción en un fenómeno de ventas. "La Campanera" cruzó el charco y se hizo muy popular en México y toda Latinoamérica. Aunque la versión de Joselito es la definitiva para la historia, "La Campanera" ha sido interpretada por otras artistas contemporáneas como Diana Navarro.

Porque ha pintao en tus ojeras
La flor de lirio real
Porque te han puesto de seda
Ay, campanera, ¿por qué será?

Mira que to el que no sabe
Tú eres la llave de la verdad
Dicen que no eres buena
Y a la azucena, te quisiera comparar

Dile que paré esa noria
Que va rodando, pregonando lo que quiere
Que por saber de tu historia
Le están buscando como y cuando, desde siempre

Ay, campanera
Aunque la gente no crea
Tú eres la mejor de las mujeres, porque te hizo Dios
Su pregonera

Porque se para la gente
Na más la ven de pasar
Porque es la alondra valiente
Que alza la frente y echa a cantar.

Dicen que si un perseguío
Que anda escondío la viene a ver
Cuentan que amante espera
La campanera con la ronda de las tres

Lleva corona de gloria
Coge el revuelo del desvelo por amores
Cuando el rodar de la noria
Tampoco el velo toca el cielo de colores

Ay, campanera
Desde el amante que espera
Con la bendición de los altares, como manda Dios
Su compañera

Deja a continuación un link con la interpretación de Joselito en la película "El pequeño ruiseñor".



lunes, 5 de enero de 2026

Dichos y palabras palentinas (y II)

A las palabras señaladas en la anterior entrada que titulé "Los dichos de la doña" hay que añadir estas otras que también escuché en casa y que ordeno por orden alfabético, con un pequeño resumen de su significado y contexto. No son todas pero son una buena parte de las que recuerdo haber escuchado a mis padres. Junto al aspecto puramente semántico se daban igualmente otros muchos fenómenos en el léxico palentino, -como argumenta Carlos Vielba en su tesis doctoral "El léxico de la montaña palentina" de 2011-: que también he reconocido y recordado de infinidad de conversaciones. Reproduzco solo aquellos fenómenos que escuché en algún momento  y que tengo incorporado a mi acervo familiar. Entre ellas como señala Vielba en su tesis: el síncope de palabras y de vocales: "está mu guapa", "te (he) visto"; el cierre de vocales finales: "está acatarrao"; las prótesis vocálicas "arrascar, ajuntar";  la metátesis vocal "aolmada" en vez de "almohada"; la sustitución de una silaba por una vocal en "alante" por "delante", o "abajo" por "debajo" y el apocope "p´alante" en vez de "para adelante" también muy utilizada en otros lugares ; la formación de diptongos: "cistierna" por "cisterna"; sustituciones de la h por la b:  "buevos", o por la g: en "guele"; la pérdida de la "d" en ciertas terminaciones: "sudao", "prao", entre otros.

La modificación del imperativo plural: "marchar" en vez de "marchad"; la pérdida de  la "g" intervocálica: "miaja" en vez de "migaja". La b sustituida por la g en "agüela". La r y la l  sufren a veces cambios en "grabriel", "enquencle" o  "cluquillo". En otros casos hay neutralización entre la l y r: "frequillo", "salampión" o entre la l y n: "cuchitrin".  A menudo desaparece la d inicial de los verbos: "escogotar" (a mi madre le oí muchas veces "te voy a escocotar"), "esbaratar", "esbrozar", "esconcertado", "esgajar",  "eslomar", "esmangar","espeñadero","estrozar".Hay apocopes y contracciones en  adverbios y otras palabras: "to" (todo), "na" (nada), "pa" (para), ca (casa), "pal" (para el),   "pol" (por el),  "tol mundo" (todo el mundo). La utilización del artículo junto a los nombres propio: "la Pepa". 

A

  • alabancioso → presumido, que se alaba mucho. → “Es muy alabancioso.”

  • alante / lante → adelante. → “Tira alante.”

  • amarranado → sucio. → “Está amarranado.”

  • amurriarse → ponerse mohíno, triste o enfadado. → “Está amurriado.”

  • aparranado → plantado, agarrado a un sitio. → “Se quedó allí aparranado.”

  • arrebujar → arropar, envolver (con manta/ropa). → “Se arrebujó en la manta.”

  • arrejuntar / ajuntarse → juntar(se), reunirse, convivir sin estar casados. → "Están arrejuntados", "Se arrejuntaron en la plaza.”

  • atropar → amontonar, juntar sin orden. → “Ha atropado toda la ropa en un rincón.”

  • azorado → cortado, confundido, sorprendido. → “Se quedó azorado.”

B

  • birojo → bizco; con los ojos desviados; también “con mala cara”. → “Está birojo.”

C

  • cacho → trozo, pedazo. → “Dame un cacho.”

  • cacharro → objeto/utensilio; también coche viejo o trasto. → “Ese coche es un cacharro.”

  • cachazas → lentitud, parsimonia. → “Tiene unas cachazas…”. Otros significados: cachazas (tener) → ser lento. → “Con esas cachazas no llegas.” cachazas / cachazas de… → (uso intensivo) mucha calma. → “Lo hace con cachazas.” cachazas / cachazudo → persona lenta. → “Es cachazudo.” cachazas / cachazas → (coloquial) calma excesiva. → “Vaya cachazas.”

  • cagalita  o cagarruta  → bolita de excremento (animal). → “El camino está lleno de cagarrutas.”

  • cacagüeses → cacahuetes

  • cagueta → miedo, cobardía repentina. → “Le entró la cagueta.”. También se aplica a una persona: "es un cagueta", refiriéndose a una persona miedosa

  • cantamañanas → informal, fantasma; el que promete y no cumple. → “Es un cantamañanas.”

  • capazo → cesto grande para cargar. → “Llenó el capazo.”

  • cárcava → zanja/barranco producido por el agua en el terreno. → “La cárcava se llevó la linde".

  • cencerro → campano para el ganado; también ruido molesto. → “Se oye el cencerro.”

  • ceporro → zoquete, torpe. → “Eres un ceporro.”

  • chamizo → cobertizo pobre → “Se metió a pasar la noche en el chamizo.”

  • chapa (dar la) → hablar pesado, insistir, molestar. → “Me está dando la chapa.”

  • chaveta (irse la) → perder el juicio, descontrolarse. → “Se le fue la chaveta.”

  • chicha → sustancia, interés, “lo importante”. → “Eso no tiene chicha.”

  • chicharra / grillo → insecto (cigarra/grillo según zona).

  • chingar → fastidiar/estropear; también “molestar” (vulgar). → “No andes chingando.”

  • chirimiri → llovizna fina. → “Está con chirimiri.”

  • chiscar  → prender con el chisquero o mechero; 

  • jiñar: hacer de vientre (vulgar, calé). → “Se jiñó.”

  • chiflar / chifla → silbar. → “silbato.”

  • chitar / chito → callar; silencio. → “¡Chito!”

  • choclos / zuecos → calzado de madera o similar. → “Se puso los zuecos.”

  • chupar / fumar → fumar; también beber alcohol. → “Salió a chupar/fumar.”

  • chupa  → mojadura a causa de la lluvia. "Menuda chupa te has cogido"

  • churrusco / currusco → trozo duro/tostado de pan (la punta, el “currusco”). → “Se comió el currusco.”

  • coscorrón → golpe en la cabeza. → “Se llevó un coscorrón.”

D

  • desbaratar / esbaratar → estropear, deshacer, arruinar. → “No lo esbarates.”

  • descojonarse → reírse muchísimo (vulgar). → “Me descojono.”

  • despelotarse → desnudarse; también alborotarse. → “Casi se despelota.”

  • despiporre → juerga, desmadre, alboroto. → “Aquello fue un despiporre.”

  • despotorro → descojono. Pasarlo en grande. Gran hilaridad

  • descuajeringar / escuajeringar → desarmar, romper, dejar hecho polvo. → “Lo descuajeringaste.”

  • deslomar / eslomar → dejarse la espalda trabajando. → “Nos deslomamos.”

  • dar estopa / repartir estopa → regañar fuerte, dar caña; también pegar. → “Repartió estopa.”

E

  • empapuzarse / empapizarse → empaparse; también pringarse o llenarse (comida/agua). → “Acabó empapuzado.”

  • encenagarse → meterse en cieno/barro; embarrarse, enfanagarse. → “Se encenagó.”

  • ende → desde (forma dialectal). → “Ende ayer…”

  • enjaretar → endosar/colocar algo a alguien (un trabajo, una obligación). → “Me enjaretó el marrón.”

  • entavía / entiavía / todavía → todavía/aún. → “Entavía no ha venido.”

  • equilicua → “pues claro / ya ves / así es” (muletilla). → “Equilicua, ¿qué esperabas?”

  • escaldar → quemar con agua caliente; también asustar/escarmientar. → “Casi se escalda.”

  • escamar → mosquear, dar mala espina. → “Eso me escama.”

  • esconderite / escondite / escondeverite → juego de esconderse. → “Jugaban al esconderite.”

  • esconcertado → desconcertado. → “Andaba esconcertado.”

  • escogotar → fastidiarse el cuello/espalda (cargar, mala postura). → “Se escogotó.”

  • escojonar → romperse del todo (máquina/objeto); también asustar mucho (vulgar). → “Se escojonó el motor.”

  • escolgar → colgar mal, quedar descolgado. → “Quedó escolgado.”

  • escornar → darse un golpe con un saliente/esquina; también “embestir”. → “Se escornó.”

  • escurrir  →  Apurar los restos o últimas gotas de un líquido que han quedado en un recipiente.

  • esmigado → hecho migas. → “Pan esmigado.”

  • esmocharse → golpearse con la cabeza

  • esmorrarse → caerse de bruces. → “Se esmorró.”

  • espantajo → persona/figura desaliñada; “mamarracho”. → “Parece un espantajo.”

  • espanzurrar → aplastar/reventar y desparramar. → “Lo espanzurró.”

  • espabildadejo → listillo; espabilado con punto de insolente. → “Va de espabildadejo.”

  • espichar → pincharse (rueda) o morir (muy coloquial). → “La rueda espichó.”

  • estrozar → destrozar. → “Lo estrozó.”

  • estremar→Limpiar, dejar ordenado y limpio un lugar. (No confundir con extremar)

F

  • facha → aspecto, pinta, cara. → “Qué facha traes.”

  • faldriguera → bolsillo, faltriquera. → “Guárdalo en la faldriguera.”

  • farolero → embustero, fantasma. → “Es un farolero.”

  • finado → difunto (respeto/coloquial). → “Mi finado abuelo…”

  • fisgar → curiosear/mirar disimulando. → “Deja de fisgar.”

G–H

  • guapín / monín → guapo, apañado, gracioso. → “Va monín.”

  • guindar → robar/quitar; también lanzar. → “Me guindó el bocata.”

  • guipar → ver, pillar, darse cuenta. → “Le guipé.”

  • gollete (beber al) → beber a morro de la botella. → “Bebe al gollete.”

  • hospe / hostia → exclamación (más o menos fuerte). → “¡Hospe!”

I–J

  • indición / inyección → inyección (forma popular). → “Le pusieron una indición.”

L–M

  • locada → locura, ocurrencia disparatada. → “Vaya locada.”

  • marimacho → mujer con modales considerados “masculinos” (término tradicional; hoy puede ser despectivo). → “La llamaban marimacho.”

  • mistela → licor elaborado con la mezcla de mosto de uva y alcohol. Generalmente de sabor dulce, se toma como acompañamiento de los postres.

  • morretes → morros; gesto de disgusto. → “Se quedó con morretes.”

  • muslamen → muslos (en conjunto). → “Me duele el muslamen.”

  • mustela → comadreja

  • naide → nadie. → “No vino naide.”

N–P

  • nevisquear → caer nieve fina o aguanieve. → “Está nevisqueando.”

  • orejuela → dulce de oreja (masa frita típica). → “Comimos orejuelas.”

  • orillar → apartar, arrimar a un lado. → “Orilla un poco.”

  • parva (echar la) → charlar, pasar el rato hablando. → “Nos quedamos echando la parva.”

  • pava (hacer la) → hacerse el tonto/estar distraído. → “No hagas la pava.”

  • pernil → jamón/pierna (según contexto). → “Cortó pernil.”

  • pici(e)ro → el que hace una “picia” 

  • pingarse / mojarse → mojarse, empaparse. → “Me pingé entero.”

  • pispar → robar/quitar con disimulo; coger rápido. → “Me pispó las llaves.”

  • pispejo → listillo, espabilado (a veces presuntuoso). → “Va de pispejo.”

  • potear → ir de vinos/bares. → “Vamos a potear.”

  • pribarse → emborracharse/colocarse. → “Se pribó.”

  • pilila → pene (infantil/coloquial). → “El crío dice ‘pilila’.”

Q–R

  • quinquillero → (trad.) vendedor ambulante; hoy puede usarse como “trapichero” o despectivo según contexto. → “Anda de quinquillero.”

  • quisqui (todo) → todo el mundo. → “Lo sabe todo quisqui.”

  • raer → raspar, rascar quitando. → “Raer la pared.”

  • rebusnar → rebuznar; por extensión, reír o gritar feo. → “No rebuznes.”

  • regañar → reñir, echar la bronca. → “Le regañó.”

  • resmeado → humedecido

  • retintín → tono irónico, con mala intención. → “Lo dijo con retintín.”

  • revenido → pasado, rancio o estropeado (comida); . → “Está revenido.”

  • rular → funcionar. → “Eso ya no rula.”

S–T

  • soba → paliza (según contexto). → “Le dio una soba.”

  • tartaja → tartamudez; habla entrecortada. → “Le dio la tartaja.”. "Es un tartaja"

  • tartana → carro/vehículo viejo y destartalado. → “Vaya tartana.”

  • tarugo → zoquete; también palo grande. → “No seas tarugo.”

  • telares → ropa/“trapos” (en conjunto); también líos/complicaciones 

  • tortilleja → tortilla pequeña (o pincho de tortilla, según casa). → “Puso una tortilleja.”

  • trafullero → tramposo, embaucador. → “Es un trafullero.”

  • tragaldabas → muy comilón. → “Menudo tragaldabas.”

  • trasto → cacharro/molesto; objeto que estorba. → “Quita ese trasto.”

  • tufada → olor fuerte/ráfaga de olor; también bocanada de aire caliente. → “Qué tufada.”

  • tunante → pícaro, sinvergüenza simpático. → “Es un tunante.”

V–Z

  • varear → sacudir (árboles para fruto), dar varazos. → “Varear los olivos.” también se vareaban los colchones de lana.

  • venado → alocado, obcecado, fuera de sí. → “Está venado.”

  • virote → flecha/perno; por extensión, salir disparado. → “Salió como un virote.” En mi casa lo escuché en el contexto "tieso como un virote"

  • vocear → gritar, pregonar. → “No hace falta vocear.”

  • vienen maldadas → se pone feo; vienen tiempos difíciles. → “Vienen maldadas.”

  • zampurrear → zampar (comer o beber apresurada o  excesivamente) 

Con esta entrada no se agotan los términos. Si recuerdo nuevas palabras o expresiones las incorporaré en próximas entradas del blog.

Nuestro regreso a Fuentes de Nava (1998) y (1999)

Quince años más tarde después de mi última visita, pasados los sanfermines de 1998, creo que al día siguiente de acabadas las fiestas, mi hermano y yo regresamos a Fuentes de Nava. Fue un viaje bastante fugaz. Salimos en tren, el viaje duraba entonces más de tres horas, y llegamos a Palencia. Nos alejamos en un hotelito cerca de la estación, "Los Jardinillos" creo que se llamaba y cenamos en un restaurante cercano cordero lechal, con una ensalada como entrante previo. Al día siguiente temprano y después de desayunar cogimos un taxi y llegamos al pueblo, a la plaza Calvo Sotelo. Desde ahí nos acercamos al número 12 de la calle San Miguel donde vivía mi tía Socorro con su marido José y que era donde íbamos a pasar la noche. 

Cuando llegamos no estaba en casa mi tío así que fuimos a buscarle junto a mi tía. Como siempre y después de tanto tiempo sin vernos nos pusimos al día todo lo que pudimos. Como en otras ocasiones intentaré, en esta ocasión, reconstruir la casa de mi tía. La puerta de entrada estaba protegida por un cortinita de cuentas o de bolitas que en muchos pueblos de Tierra de Campos se usan para dejar pasar el aire, dar sombra sin cerrar del todo la puerta, evitar la entrada de  moscas y otros insectos  y mantener algo de intimidad cuando la puerta está abierta. Tras un pequeño zaguán a la derecha de la casa estaba la cocina, con una ventana que daba al corral. En esta habitación había un colorido sofá y aquí estaba también el frigorífico. Tras ese zaguán y casi enfrente había una habitación que es donde dormimos mi hermano y yo. Una habitación con una cama de sabanas blancas y colchón de lana como los de antes. Junto a esta habitación y enfrente de la puerta de la cocina estaba la habitación de mis tíos. Al corral del ganado se entraba por una pequeña puerta situada a la derecha de la casa. Allí creo recordar que mis tíos nos enseñaron  las diferentes estancias para los animales que hasta entonces y a pesar de los años transcurridos no conocía.

A lo largo de la mañana dimos algunas vueltas por el pueblo, pasamos cerca de la antigua casa de los abuelos maternos que ahora era la casa de mi prima Clarita, también nos acercamos al corro del Cuartel y vimos las lujosas casas que habían construido en aquel rincón, acudimos a algunos bares del pueblo, visitamos una moderna instalación ganadera que había cerca de la casa de los tíos, paseamos por las calles con la tía, mucha gente le preguntaba por quienes éramos nosotros, fuimos hasta el puente sobre el Canal y visitamos la Ermita de San Miguel. En estos años creo recordar que había cuatro bares en el pueblo: el antiguo Petiso se llamaba ahora "Cuatro Esquinas" (Castro Girona) y además estaban el Bar Rubén en el corro Bodegones, la cafetería Jhonava en la calle Mayor, 5 y en la misma calle pero en el 24 otro café-bar. También había un restaurante en la plaza Calvo Sotelo, en los soportales.

Hice unas fotografías que no se revelaron, -cosas de santos-, y las tomas que hice en el pueblo con mi flamante nueva cámara de video Panasonic se perdieron un par de años más tarde en un robo en la Asociación. ¿Una pena!. Por la atardecida volvimos a salir por el pueblo en compañía de los tíos. Recuerdo que a cierta hora se levantó un viento frio, "amargacenas" le llaman. En el paseo no encontramos con una amiga de mi madre: la Paulina.

Tras pasar la noche, al día siguiente cogimos el autobús de línea a Palencia para coger el tren que nos llevaría a Pamplona. A finales de agosto del año siguiente, 1999, mi hermano volvió de nuevo al pueblo, esta vez estuvo dos días, sin contar con los de ida y vuelta  y vivió más intensamente la estancia, pues disfrutó de las noches y verbenas de las fiestas patronales del pueblo, el día 28 de agosto, fiesta de San Agustín, en compañía de mis tíos. Posteriormente lamentaría no haber podido acompañarle, pero determinadas circunstancias personales y profesionales  me lo impidieron. Antes yo había pasado fugazmente por Fuentes, creo que en 1997, en compañía de unas amistades de Pamplona. Mi hermano también lo había hecho en 1987 pero fueron viajes simplemente de paso. Mi tía Socorro fallecería el 30 de agosto de 2008, a los 87 años de edad.

jueves, 1 de enero de 2026

Los dichos de la doña. "Dichos y palabras palentinas"

Solemos decir cuando se nos mueren los padres que no los olvidaremos, que siempre estarán en nuestros recuerdos, y es verdad pero además nos acordamos de ellos a veces  por un tic o   un gesto en el que nos sentimos reflejados,  -al fin y al cabo somos también herencia  genética-, y les recordamos  igualmente por las palabras que utilizaban y que nos dejaron como legado. En mi caso la mayoría de palabras me las legó mi madre Cecilia, verdadero arquetipo de la mujer castellana, y proceden de la tierra que le vió nacer, la Tierra de Campos de Palencia aunque es probable que buena parte de estos "palabros" sean compartidos por los habitantes de otras comarcas castellanas. En total les hablaré de cerca de un par de cientos de palabras y como son tantas, las dividiré en varias entradas. Espero que algunos, si están lejos de su tierra natal castellana, se acuerden igualmente, como hago yo, de algunas de ellas.

Es un "amecal", mi madre solía referirse a algo pesado y voluminoso, sin demasiada utilidad práctica. En realidad un "amecal" era un sinónimo de  adobera, un molde de madera para la fabricación de adobes. Cuando iba por los pueblos de la Comarca o de Navarra en fiestas me decía que yo era como los "almendreros". Los "almendreros" eran vendedores ambulantes de dulces y también los  que ponían el juego de cartas (sorteo de paquetes de almendras) y bote en las fiestas de los pueblos. En mi casa cuando mi padre estaba un día un poco flojo, sin motivo aparente,   decía que tenía "andancio", un mal indefinido pero generalizado. A los pacharanes les llamaba "andrinas" y a los albaricoques, "albérchigos".

Cuando le puntualizaba a mi madre por la exactitud de un término o una palabra que había dicho me soltaba la expresión de "A  zurrón tira y sino a badana", para aludir a la sinonimia de los términos. La badana era una piel curtida y fina de carnero u oveja. Si me había puesto el morro manchado de crema de cacao, me decía que tenía "bociqueras" y si el peluquero me había cortado muchísimo  el pelo que me había dejado como un "borro". Un borro es un cordero de un año y menos de dos. A mi padre que le gustaba hacer las cosas con mucha antelación le decía mi madre que era un "cagaprisas", siempre temeroso de no llegar a tiempo a un lugar.

De una persona inútil, que solo sirve de estorbo se decía que era un "testel". Con la palabra "Chichas"  mi madre se refería a cosas de poca importancia y como quiera que de crio yo acumulaba muchas cosas, mi madre me decía que era un "chichoso". Un "metete", "metiche" o "meticón" era una persona excesivamente curiosa o entrometida. Si uno iba un poco desastrado en el vestir te decía que ibas como un "mangarrán". "Dar morda" era dar envidia. Tener "mormera" era tener "moquita" o catarro y para eso que mejor que tener un "moquero" a mano. A los carámbanos de hielo les llamaba "chupiteles". "Miscar" o "enmiscar" al perro era azuzarle para que te mordiese. Una "ligaterna" o "legaterna" era una lagartija. Aunque en algunos lugares hace referencia a fumadores empedernidos, "fuma como una coracha" en mi casa lo asociábamos al bebedor compulsivo, "bebe como una coracha". Ir "corito" significaba ir desnudo o en cueros, de hecho "corito" etimológicamente procedería del latín "corium": piel.

Había muchas palabras relacionadas con  la agricultura o ganadería  en Tierra de Campos: mis padres me hablaban de cuando iban a los "majuelos" o viñas jóvenes a vendimiar. Las "tenadas"  eran los  cobertizos  para recoger los rebaños. En  los "cunachos" o cestas grandes de mimbre  se recogían las uvas de los majuelos. Los "albañales" de los pueblos era por donde circulaban las aguas residuales antes de que se hicieran las canalizaciones de saneamiento.  En el campo se "escardaba", o sea arrancar y sacar los cardos y las malas hierbas, se "abasnaba" es decir pasar la basna por la era para uniformar la superficie y evitar que la tierra y las hierbas pasasen a la paja al trillar,  se "aventaba" con el bieldo las mieses, legumbres, etc., trilladas, para separar del grano la paja a lo que se llamaba también "beldar" o "abeldar". "Amochar", "mochar" o "mochear" es lo que hacían los carneros con sus enrocadas cornamentas.  El "arambol" era el pasamanos de las escaleras.

Te voy a "amolar" o te voy a "rachar" era algo que nos decía mi madre cuando mi hermano o yo habíamos hecho alguna trastada. "Amolar" era estropear, romper o hacer daño. "Rachar" era rajar, partir, resquebrajar o  romper algo violentamente. En esta misma línea y con ese mismo propósito de reprensión nos chillaba: "te doy un capón que te esculo" Cuando se iba de casa y nos dejaba un tiempo considerable solos recuerdo que nos decía: No hagáis ninguna "picia". Una "picia" era una travesura propia de niños. Y siguiendo con las recriminaciones maternales ante nuestros peligrosos juegos, también recuerdo las expresiones  "te vas a esgornar la cabeza" o "te vas a esnucar" refiriéndose a torcerse o quebrarse el cuello o a recibir un golpe mortal en la cabeza. Recuerdo la "cachava" (bastón) de mis abuelos, los conocí cuando ya eran ancianos y formaban parte fundamental de la imagen que tengo de ellos. Una "cascarria" era un pegote de estiércol adherido al pelo o lana de los animales. No tiene "cataplines" hacía referencia a los "testículos"  del varón. El "potorro" es el nombre que se daba a  la "vulva" femenina. "Machorra" se le llamaba a una mujer de apariencia masculina o andrógina con dificultades para concebir. Un "ceneque" hacía referencia  a una persona boba, torpe, simple, corta, tarda en comprender. Una "cerracina" o  "cerrajina" que fue la versión que escuché de mi madre es una pelea escandalosa o tumulto  donde hay heridos, incluso muertos. "Se produjo una cerrajina". "Chancar" era tirar algo, violentamente, contra alguien. "Le chancó una azada a la cabeza y casi le mata". Sinónimo  de humareda era "humarrera" con el matiz de humo abundante. En unas épocas en las que abundaban los piojos en las escuelas, si bien una liendre era un huevo de piojo, también se  asimilaba a veces al piojo mismo. "Tiene liendres".

"No me pongas de espetera" es una expresión coloquial que significa "no me uses como excusa, ni me pongas en medio para cubrirte" o "no me uses de escudo para justificar tus acciones". Cuando a alguien se le pone de espetera "se pone  a alguien como excusa o adherido a una causa que no es suya, sino del interlocutor". En verano a veces me daba "galbana", que yo siempre he asimilado más a cansancio que a "modorra" o somnolencia. "Fato" es una persona  terca y  necia. Vas hecho un "gocho" era una expresión muy familiar cuando uno iba sucio o desaseado. "Rebañar" el plato era apurar toda la comida hasta no dejar nada, incluida la salsa. "Se ha pasado rodo el día reguñendo" significaba que ha estado todo el día gruñendo, quejándose entre dientes. Si alguien se iba de juerga, por ahí, se decía que se "iba de pingo". De un bizcocho demasiado húmedo y empalagoso  podía decirse también  que estaba "lamigoso". Una mujer ligera de cascos o de costumbres disipadas era calificada como una "candonga". Un hombre también podía ser un "candongo" aunque por el machismo imperante en aquellos tiempos lo escuché muy pocas veces.

¡Jodo petaca!" es una expresión coloquial que escuché a mi padre y que  usaba para mostrar asombro, sorpresa, enfado o protesta, similar a "¡Caramba!" o "¡Dios mío!", que viene de un grito de guerra árabe "¡Hudju bitaqah!" ("¡Tómalo por la fuerza!") que se adaptó fonéticamente al castellano. "No  jeringues" era sinónimo de "No me molestes o fastidies". "Órdiga" es una interjección de asombro. Un "jijas" es una persona endeble;  Un "juanlanas" un hombre apocado que se presta con facilidad a todo cuanto se quiere hacer de él; un "troncho", una persona sin criterio. "Ponerse como un tito" significaba ponerse muy moreno. "Pejiguera" puede entenderse como sustantivo o adjetivo, como sustantivo es una cosa que, sin aportar gran provecho, acarrea problemas y dificultades. "Es una pejiguera".  Como adjetivo se asimila a fastidioso, latoso o excesivamente exigente. Aplicado a persona, usado también como sustantivo. "Calla, no seas pejiguero.". "Espurrirse" era estirarse o desperezarse. "Panizo" era lo que nos llamaba mi madre si abusábamos del pan: "Eres un panizo". "Jodido" tenía varias acepciones: unas negativas y otras no tanto: "Esta jodido el asunto" cuando el problema era de los grandes. ¡Qué jodido eres" con muchas acepciones y no todas negativas dependiendo del contexto. "Es un pánfilo" se decía de una persona poco inteligente y sin cuajo. "Perillán" es sinónimo de pícaro, tunante. "Eres un perillán". "Le ha dado un paralis" se decía cuando a alguien le había dado un ataque cerebral, refiriéndose a la parálisis de algún miembro o de una parte de su cuerpo. 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Genealogía de los Albillo Torres

ACTUALIZADA. 27-9-2026. Aunque nacido en Pamplona mis orígenes familiares están en la localidad palentina de Tierra de Campos, Fuentes de Nava, pueblo reconocido desde 1983 como conjunto histórico artístico, famoso por su arquitectura de adobe y piedra, palacios señoriales, palomares, iglesias con retablos renacentistas y artesonados mudéjares y su cercanía a la Laguna de la Nava y al Canal de Castilla. Antes de que mis padres enfermaran y fallecieran en los años 2013 y 2014, logré reconstruir un primer y rudimentario árbol genealógico de mi familia que pude rastrear hasta finales del siglo XIX. Hace un par de semanas hice un maravilloso hallazgo, el censo electoral de Fuentes entre 1890 y 1955, documento de acceso público donde aparecen los varones, mayores de edad y desde 1934 también las mujeres, con indicación de su edad, sexo, estado civil, oficio, domicilio, incluso indican si sabían leer y escribir. Todo un tesoro para conocer la evolución poblacional y sociológica de Fuentes a lo largo de más cerca de 70 años. Posteriormente hice otro gran descubrimiento, esta vez en el Archivo Histórico Diocesano de la Diócesis de Palencia. Con aquel primer documento que elaboré hace años contrastado con el censo de 1890 a 1955 logré reconstruir las tres generaciones que me antecedieron.
 
Con lo encontrado posteriormente he logrado remontarme nada menos que a mediados del siglo XVIII con lo que ampliaré mi investigación a seis generaciones anteriores. Así, a mediados del siglo XVIII descubrimos el matrimonio formado por Lorenzo Albillo y María Martín Guaza. Hijo de esta pareja sera Santiago Albillo Martín quien se casa en 1824 con Maria Antonia López Cuevas. Estos tienen, al menos, dos hijos Victoriano (1828) y Gregorio (1833). Victoriano se casa con Edulia o Obdulia Carriedo con la que tiene diez hijos: Celestina (1856), Santiago (1858), los mellizos Luis y Hermenegildo (1861) que fallecieron, Martín (1863), Juana (1866) también fallecida, Julio (1870), Florencio (1873), Pablo (1875) y Martín (1898).

Si acudimos a los censos electorales existentes de Fuentes el primer dato documentado que tenemos del apellido Albillo es de 1890, cuando aparecen en el pueblo los mencionados  Santiago y Martín Albillo Carriedo, de 31 y 27 años de edad en ese momento y de profesión albañil. Tenían su domicilio en la calle Granadilla y en la calle Zorita respectivamente. No aparecen otros familiares masculinos que habían aparecido en el archivo diocesano por lo que cabe deducir o que  fallecieron antes de esa fecha (1890) (las mujeres no aparecían en el censo),  o que se trasladaron a otros pueblos a vivir, hecho que desconozco. Por informaciones familiares sabemos que Santiago, mi bisabuelo paterno, por parte del abuelo, se casa con Secundina Delgado (1858-1901) hija de Antonio Delgado y de Luciana Francisco,  y  que tienen varios hijos: mi abuelo paterno Máximo Albillo Delgado (1888) al que vemos en una fotografía de 1910,  y sus hermanos Petra (1885), Marino (1889) y Marcelino o Marceliano (1884), que de ambas formas lo he visto escrito, algunos de los cuales se dedican también  a la albañilería. 

Después de vivir en la calle Granadilla el bisabuelo Santiago pasó  a vivir a la calle Mayor, 34 durante bastantes años y más tarde al Alto de Sevilla, 2. Mi abuelo con 24 años, por su parte, cogió  la maleta en el año 1913  y se fue a hacer la Américas, recalando en Cuba y la Argentina. Volvió  al pueblo en 1919 cuando tenía  30 años pero no  había hecho fortuna y se fue a vivir con su padre en una casa de la calle Mayor. Al año siguiente,  el 3 de agosto de 1920 se casaba con Felicitas Alario Cisneros, y siguieron un tiempo viviendo en la casa paterna de la calle Mayor pero en 1924 se trasladaron a vivir a su nueva casa del Corro del Cuartel donde vivirá hasta el final de sus días. 

Felicitas, mi abuela paterna, era hija de León Alario Ovejero y de Isabel Cisneros Torres (1866-1916), mis otros bisabuelos paternos. El nombre de León Alario Ovejero (1866-1918), que era sirviente, aparece por primera vez en el censo electoral de Fuentes en 1897 cuando ya había nacido Felicitas que lo hace en 1896. León fue hijo a su vez de Vicente Alario y Francisca Ovejero. Los padres de Isabel se llamaban Esteban Cisneros y Felipa Torres. Felicitas tendrá otros dos  hermanos vivos, de nombre Amalia (1895) y  Cecilio (1906), diez años más joven que ella. El matrimonio formado por León Alario e Isabel Cisneros, -se casaron en 1894-, tuvo otros seis hijos que fallecieron de forma prematura, no llegaron a cumplir el año y fueron: Esteban (1897), Baudilio (1900), Vitorina (1902), Heliodora (1904), Amalia (1905) y Mariano (1908).  

Marcelino o Marceliano Albillo Delgado, uno de los hermanos de mi abuelo Máximo, se casará con Juana Seco Rodríguez con la que tendrá  tres hijos: Gerardo (1919), Millán y Simón (1923) Albillo Seco, primos carnales de mi padre. Gerardo casará con Honorata Ibáñez López con la que tendrá dos hijos. Máximo por su parte tendrá dos hijas y un hijo: María Socorro (1921), Secundina (1922) y Antonino (1927), mi padre, del cual adjunto una foto de 1958.

Me centro ahora en la rama familiar materna. Así como la rama paterna estuvo centrada en la albañilería, con algún labrador ocasional, la rama materna se dedicó siempre a la ganadería, eran pastores de ovejas desde los tiempos del bisabuelo. Me tengo que remontar a 1893 para encontrar a mi primer bisabuelo materno: Rafael Torres Lagunilla (1853-1910), hijo de Juan Torres y María Antonia Lagunilla, domiciliado primero en la calle del Mesón y más adelante en la calle del Canal, tras casarse con Casimira Delgado Santiago (1857), hija de José Delgado y Paula Santiago. El matrimonio celebrado el 10 de abril de 1880 tendrá tres hijos, todos ellos se dedicarán a la ganadería, Vicente Torres Delgado (1893), mi abuelo materno, y sus hermanos Angel (1890) y Hermenegildo (1883). Mi abuelo Vicente se casa con Teodora Moro Tazo (1901) en torno a 1924-25 y se van a vivir de la calle Mayor al Corro de Postigo donde tienen y crían a sus cinco  hijos: Afrodisia (1926), Ignacio (1927), Rafael, Cecilia (1929), mi madre, de la que adjunto una foto de 1953, dos años antes de casarse con mi padre  y Casimiro (1932). Rafael se fue a la Argentina donde formó familia aunque falleció muy joven. Su muerte fue algo que nunca  acabó de superar su madre Teodora. Teodora Moro Tazo tenía como padres a Manuel Moro Torres (1863), hijo de Francisco Moro y Narcisa Torres y de Petra Tazo Martín, hija de Higinio Tazo y Candida Martin (1867).  

Mi bisabuelo Manuel Moro debió ser una persona muy versada y piadosa. Me cuentan que llevaba las cuentas de no se que infraestructura del Canal de Castilla y en el momento de fallecer llegó a dirigir  todos los salmos y recitaciones que le debían leer a los pies de la cama en aquel trascendental momento del final de  su vida. Mi bisabuela Petra debió ser una mujer menuda pero de gran carácter a tenor de lo comentado por mi madre Cecilia. Por lo que he podido averiguar la casa de los abuelos maternos de mi madre estaba en  la calle Huertas que finalmente y después de la estancia en el Corro del Postigo sería el último hogar de mis abuelos Vicente y Teodora y escenario de mis primeros viajes al pueblo que he narrado en una entrada anterior.

En los años 50 y primeros 60 muchos habitantes de Fuentes emigraron al norte de España: Bilbao, Pamplona, etc. A Pamplona acudió en junio de 1961 mi padre Antonino con su esposa Cecilia (-se habían casado el 15 de octubre de 1955 tras ocho años de "relaciones"-) y con su hijo Luis Angel, mi hermano (adjunto una foto suya de primeros de 1961, con apenas tres años de edad, todavía en Fuentes, cuando vivían en la calle Vega). Unos años antes  lo había hecho su hermana Secundina y su marido Manuel López. También Gerardo y su familia. Que yo recuerde también recalaron en Pamplona otras familias de Fuentes de Nava como los Calleja y otros que no recuerdo en estos momentos pero que indicaré en cuanto tenga más información. 

domingo, 7 de diciembre de 2025

Mis viajes veraniegos a Autillo de Campos (1977-1982)

Seis años después de lo narrado en la entrada anterior, cuando la infancia empezaba a quedar atrás y asomaba tímidamente la adolescencia, en 1977 volví a la meseta castellana. Aquella vez el viaje tenía un peso distinto. Hacía apenas un par de meses que había fallecido mi abuela Teodora y mi abuelo Vicente, viudo y entristecido, quería reencontrarse con su hija, mi madre Cecilia a la que no veía desde hacía cinco años. Así que aquel verano regresamos, pero no a Fuentes de Nava, sino a Autillo de Campos, el pueblo en el que mi abuelo vivía con su hija mayor, mi tía Afrodísia. Nuestra llegada coincidió con el sorpresivo derrumbe de una parte de la casa de mi abuelo en Fuentes. Una obra en la vivienda contigua había provocado el desplome de la vieja pared de adobe sobre la zona de los dormitorios, precisamente aquellos en los que yo había dormido de niño, años atrás. De repente, las vigas, los adobes y el polvo se amontonaron donde antes había armarios, camas y recuerdos. Aquella ruina fue un drama para todos; para mí, era como si se hubiera venido abajo, de golpe, un trozo físico de mi infancia, una de esas habitaciones donde uno cree que el tiempo no pasa y que, sin embargo, un buen día deja de existir. 

Habían pasado seis años desde mi último viaje y no habían pasado en balde. Las locomotoras negras de vapor del Iberia Express que nos llevaban al pueblo se habían jubilado para siempre. En esta ocasión hicimos el trayecto en un convoy arrastrado por una locomotora diésel. Los compartimentos de aquel tren larguísimo eran algo más cómodos que los viejos coches de madera,  con asientos de skay verde, pero conservaban ese aire antiguo, como de otra época, donde se percibía el olor a una mezcla de polvo y  humo de tabaco rancio y donde se tejían, igual que años atrás, conversaciones entre desconocidos que coincidían durante un limitado  tiempo. El viaje comenzaba mucho antes de llegar a la meseta. Cogíamos el tranvía hasta Alsasua, todavía con la frescura de la mañana  pegada a la ropa, y allí enlazábamos con el tren “de verdad”. 

En Alsasua nos aguardaba la primera gran prueba de paciencia: las largas esperas. Las estaciones de entonces tenían algo de escenario de película antigua: bancos de madera,  un bar con olor a vino y calamares fritos, y un ir y venir pausado de viajeros con maletas de cartón y bolsas. Nosotros matábamos el tiempo mirando el tablón de salidas y llegadas y aguardando el momento en que por los altavoces sonara la  esperada cantinela:

—«Atención, señores viajeros: el tren procedente de… va a efectuar su entrada en la vía…»


A partir de ese momento, desde la ventanilla del tren el paisaje empezaba a abrirse: las montañas agrestes de la Barranca se iban achatando a medida que surcábamos la llanura alavesa, los montes se volvían cerros redondeados, hasta que, poco a poco, se imponía la llanura castellana como una tabla inmensa, surcada por campos de cereal, rastrojos amarillos y alguna hilera de árboles  marcando los cauces de los ríos.  El trayecto en el tren tenía algo de ceremonia repetida: el traqueteo metálico de las ruedas al pasar por las juntas de los raíles, el vaivén rítmico del vagón, el olor de los bocadillos envueltos en papel de peródico, que mi madre sacaba hacia media mañana, los niños inquietos, traviesos que se asomaban a la ventanilla y retiraban a última hora la cabeza cuando entrábamos en un túnel. La meseta se extendía, pelada y luminosa, bajo un cielo enorme, de un azul ligeramente blanquecino por el calor. Después venía el último tramo hasta Palencia, adonde solíamos llegar hacia las cuatro de la tarde, con el sol ya alto, pegando duro sobre las vías y sobre las fachadas de la estación. 

Desde Palencia tomábamos el autobús de línea hacia Autillo. Aquel autobús era un pequeño mundo en sí mismo: gente del pueblo que volvía con la compra hecha en la capital, algún viajante con su maletín, alguna anciana de luto riguroso con un pañuelo negro en la cabeza y una bolsa de tela bajo el brazo. El vehículo avanzaba por la carretera comarcal entre campos dorados y tierras de barbecho. Al fondo, de vez en cuando, se alzaban algunos palomares, con sus pequeños huecos en la parte alta, como fortines de barro custodiando la llanura. 

Llegábamos a Autillo sobre las seis o seis y media de la tarde. La luz a esa hora tenía un tono dorado, oblicuo, que alargaba las sombras de las casas y  los pocos árboles junto a las eras. El pueblo nos recibía con su calma habitual: algún tractor regresando despacio del campo, el ladrido de un perro, un vecino sentado a la fresca en una silla baja, la puerta de un bar entreabierta y el rumor apagado de unas voces dentro. Después venía la puesta al día, interminable, tras tantos años sin haber vuelto: preguntas, abrazos, comparaciones (“¡cómo has crecido!”), comentarios sobre los que ya no estaban y lo que había pasado en nuestra ausencia.

¿Qué recuerdo de aquella primera estancia en Autillo, tras tantos años de ausencia?. Sobre todo recuerdo al abuelo Vicente que por aquel entonces estaba  a punto de cumplir 80 años, y nuestros gestos cómplices de abuelo-nieto  como aquellos cortes de mangas que solíamos hacer tanto él como yo  riéndonos al tiempo que decíamos "por aquí".  Era nuestra broma particular de aquel verano. Además compartíamos habitación. Yo dormía en una turca, junto a él; mi hermano se apañaba en el sofá cama del cuarto de estar. Todavía le veo sentado en su sillón, junto a la ventana que daba a la calle, con la boina calada, la mirada a veces perdida en un punto indefinido, como ensimismada, tal vez  recordando  otras épocas de su vida. Toda su vida había sido pastor. En aquella habitación, los sonidos de la calle llegaban amortiguados: el paso de algún tractor, el murmullo de las vecinas que charlaban delante de la puerta, el grito lejano de unos críos jugando cerca.

Aún vivía mi tío Ángel González, que fallecería al año siguiente al caerse en un pozo en el campo, una tarde después de comer. Su presencia en la casa tenía algo de rutina : entraba con la camisa remangada, saludaba cariñosamente a mi abuelo, decía cuatro palabras y se volvía a ir. Mi hermano pasaba poco tiempo en casa. Cogía la bicicleta de mi tía, una bicicleta azul, sin barra y  y se echaba a los caminos. La llanura se prestaba a ello: carreteras secundarias casi sin tráfico, pistas de tierra que se perdían entre fincas de trigo y de cebada  y pueblos que asomaban en el horizonte como pequeños montículos de tejados rojizos. Algo similar haría yo mismo en los veranos de 1979 y 1982, cuando la bicicleta se convirtió para mí en una forma de ampliar horizontes y conquistar paso a paso, pedalada a pedalada la meseta: Fuentes, Abarca, Frechilla, Cisneros, Castromocho, Villarramiel… Los nombres de esos pueblos, vistos desde la bici, sabían a  sudor en la frente y a la recompensa de un refresco en casa o en  el bar de la plaza.

Recuerdo bien los atardeceres rojizos, cuando el sol caía lentamente detrás de los campos y teñía de naranja las paredes de adobe y las nubes delgadas. El aire se llenaba de un olor a tierra caliente que se enfriaba poco a poco. Recuerdo también los amaneceres, marcados por el canto del gallo, que sonaba muy cerca de nuestra habitación, la que compartíamos mi abuelo y yo. Esa voz estridente y puntual era nuestro despertador: a partir de entonces, perros, carros, puertas y voces iban componiendo, pieza a pieza, el sonido de la mañana.

Por las tardes solíamos dar paseos por las afueras. Salíamos del pueblo y, al poco, ya estábamos rodeados de campo abierto. Por un lado, el puente sobre el seco río Valdeginate, que a veces se reducía a un hilo de agua o a un cauce pedregoso; por otro, los caminos que llevaban a las parcelas, flanqueados por hileras de cardos, amapolas tardías y algún majuelo retorcido. Desde allí se veía, disperso en el campo, el paisaje de los palomares: construcciones circulares, de tapial y teja, con los huecos perfectamente alineados que recordaban a una especie de órgano detenido en medio del cereal. Algunos estaban medio derruidos, con la techumbre hundida; otros seguían en uso, rodeados a veces por un pequeño huerto.

El Canal de Castilla, cuando nos acercábamos a él, aportaba una nota distinta a todo ese paisaje seco. El agua discurría lenta y silenciosa entre los muros de piedra, apenas rizada por el viento. A su lado, la vegetación era más densa, más verde, como si el canal hubiera creado un pequeño mundo aparte dentro de la llanura. Ver pasar el agua, tan calmada, sabiendo que estábamos en pleno corazón de la meseta, tenía algo de hipnótico.
 

En la casa, la vida seguía los ritmos de siempre. Las vecinas venían a visitar a mi tía Afrodísia, y las conversaciones se alargaban  en la calle o en el cuarto de estar durante horas:  hablaban de todo y de todos: que si el hijo de fulanito que salía con menganita se va a casar de forma apresurada, que a fulano de tal le han visto con una querida, etc. Entre tanto, en la televisión echaban Curro Jiménez,  Raíces o Marco… 

En 1979 volvimos de nuevo mis padres y yo a Autillo porque mi hermano estaba haciendo el servicio militar en Cádiz. Aun así, le dieron un permiso y pudo acercarse al pueblo, de manera que aquel año volvimos a Pamplona juntos, adelantando el regreso. La dinámica este año era parecida: días de campo, conversaciones con el abuelo, excursiones en bicicleta por los caminos comarcales, en ocasiones junto a mi padre.

Al igual que años atrás había un día reservado para visitar la casa de los abuelos paternos, en esta etapa al menos un día íbamos a comer a casa de mi tía Socorro, la hermana mayor de mi padre que se había casado unos años antes con José Torres, primo segundo de mi madre. Mi tía Socorro se esmeraba en llenar la nevera con las cosas que sabía que nos gustaban: algunos embutidos, Kas de naranja o de limón  y algún envase de Pralín o de Nocilla.

No recuerdo el motivo por el que no fuimos en los veranos de 1980 y 1981, pero en 1982 regresamos a Autillo. Fui con mi madre, íbamos en un Electrotren de color rojo, que reducía el viaje, directo desde Pamplona,  a cuatro horas o cuatro horas y media; Salía, creo que al mediodía y llegábamos a media tarde. Pasada una semana, mi madre volvió a Pamplona —mi hermano trabajaba entonces en la factoría de Danone, en la Ulzama— y le relevó mi padre, con quien regresé finalmente a casa. Aquel verano sería el último que pasaría en Autillo. Al año siguiente sólo viajo mi madre; mi abuelo ya se encontraba muy mal y fallecería unos días antes de cumplir los 90 años, a finales de agosto de 1983. Con su muerte, de algún modo, se cerraba también mi ciclo de veranos en los pueblos de  Tierra de Campos.

De Autillo recuerdo la imagen de la iglesia de Santa Eufemia, con su torre exenta. La veía nada más abrir la puerta de la casa: allí, a la derecha, entre algunos árboles, recortada contra el cielo, como una presencia constante que desafiaba el paso de los años, el paso del tiempo.

Recuerdo también la fuente pública del pueblo. En aquellos años creo que ya había perdido su manivela. Sé que existe referencia documental de esa fuente al menos desde el siglo XVIII, aunque la construcción podría ser  más antigua. Durante mucho tiempo, el agua se había extraído mediante una manivela metálica giratoria, accionada a mano, que ponía en movimiento una serie de cangilones, al estilo de las norias. El agua que sobraba iba a parar a un pilón que servía de abrevadero para las mulas y ovejas que se acercaban al final del día. Cuando yo volví en esta segunda época, el pilón ya había desaparecido y el agua se sacaba con un pequeño motor eléctrico. En los años ochenta se desaconsejaba su uso por estar contaminado el acuífero de sulfatos y otros productos químicos y de origen orgánico que se filtraban por los fertilizantes agrarios usados en los campos vecinos. 

También recuerdo detrás de la iglesia, en un camino a la salida del pueblo, el palacio popularmente conocido como de la reina Berenguela aunque en realidad era el palacio de su mayordomo Gonzalo Ruiz Girón, señor de Autillo, posteriormente palacio de los señores de Reinoso. El palacio se encontraba, cuando iba yo a Autillo de vacaciones, muy deteriorado y el interior totalmente abandonado, pues no en vano había sido utilizado durante muchos años como granero.

El pueblo, y en especial este lugar, habían tenido su momento de gloria en la historia de España. Fue aquí, en 1217, donde la reina Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Inglaterra, esposa desde 1197 de Alfonso IX de León,  abdicó en su hijo Fernando III, el Santo, quien, proclamado rey en este pueblo, acabaría unificando los reinos de Castilla y de León. Pensar en ese episodio, mientras uno veía al mismo tiempo a un tractor pasar lentamente por un camino polvoriento, producía una sensación extraña: la Historia con mayúsculas y la vida campesina de todos los días mezcladas en un mismo escenario de adobe, trigo y un  cielo enorme, en un horizonte sin fin. En este mismo pueblo también hubo combates en 1811 entre franceses y patriotas en el transcurso de la Guerra de la Independencia.

Así fueron aquellos veranos en Autillo de mi adolescencia y primera juventud:  largos trenes que cruzaban la meseta, autobuses circulando por carreteras regionales y por caminos polvorientos, bicicletas perdiéndose entre interminables campos de cereal, el abuelo Vicente en su sillón junto a la ventana, los palomares como pequeñas fortalezas de barro y el Canal de Castilla cortando, silencioso, la llanura. Un mundo que parecía inmóvil y que, sin embargo, también iba cambiando poco a poco, mientras iba creciendo, haciéndome adulto sin darme del todo cuenta.