Memorias de la Vieja Castilla
Los caminos de la memoria

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domingo, 6 de septiembre de 2026

El calor abrasa

El sol se encuentra en su punto más álgido, presidiendo, en el centro del azulísimo firmamento, la vasta llanura castellana. El aire abrasa los campos, los encinares, los caminos, antaño polvorientos, hoy cubiertos de una negra capa de asfalto. Los pueblos, diseminados aquí y allá a lo largo de esta Tierra de Campos, yacen abrasados por este calor que se pega y penetra hasta la médula. Los rayos del sol se estrellan contra las agudas torres de las iglesias que, aquí y allá, como si de las almenas de un imaginario castillo se tratase, jalonan la llanura. Gotas de sudor caen por mi frente, la luz deslumbra y ansío encontrar la agradable sombra de un árbol, allá en la lejanía. Solo la suave brisa producida por el propio avance de la bicicleta alivia mi fatiga y mi creciente somnolencia. Quema el sol las espigas de los inmensos trigales.

Atrás queda el pueblo, con su iglesia, sus silos y palomares —altas torres redondas, blancas y rojas—. Y a un lado, a cierta distancia, queriendo marcar la diferencia entre el mundo de los vivos y el de los muertos, allá, circundado por una alta tapia y una pequeña y sobria capilla, inmutable, silencioso, permanece el camposanto, sembrado de decenas de cruces alrededor de las cuales, como fruto y símbolo de la unión con la tierra, se erigen algunos cipreses —mástiles de soledad, como dijera el poeta—.

Acabo de dejar la negra carretera y enfilo un pedregoso y polvoriento camino que me conducirá, tras subidas y bajadas, hasta las orillas del canal, donde diviso una hilera de árboles. ¡Oh, alivio de mis sudores! Al fin encuentro un respiro a mi fatiga. Tras apearme de la bicicleta y dejarla junto a un árbol, me echo sobre la hierba seca. Las hojas de los árboles impiden que el sol me siga cegando. Una débil frescura se hace notar, debida tal vez a la sombra de los árboles, tal vez al agua del canal que a mi diestra corre. Todo lo impregna la bulliciosa música campestre: el aire al chocar contra las hojas, el canto de los pájaros, el suave fluir de las aguas, el zumbido de las moscas, el croar de las ranas que anidan en el ancho barrizal, lleno de juncos y hierbas, debajo del viaducto. Música silenciosa que no rompe ningún ruido artificial.

En la otra orilla del canal se distingue la esbelta silueta de la torre de la iglesia de un pueblo abandonado, fantasmal, Abarca, rodeada por una frondosa arboleda. Allá, a la sombra de aquel apacible encinar, me asaltan un montón de pensamientos, sensaciones, que hacen que me olvide de que el tiempo pasa y de que debo volver al pueblo, pues es la hora de comer. 

De nuevo vuelvo al camino polvoriento; el canal, el encinar, el viaducto quedan atrás. De vez en cuando, imperceptiblemente, casi sin pensarlo, vuelvo la cara hacia atrás... Enfrente, el pueblo... El calor abrasa.

Escrito en 1981 en Pamplona, a los 17 años

Anochecer en Castilla

Está anocheciendo. El sol nos regala sus últimos rayos de luz, antes de ocultarse definitivamente en el horizonte. No, aquí no se oculta tras una montaña como en mi tierra, aquí en esta inmensa llanura, el sol puede ser admirado en toda su grandeza crepuscular.

Allá, justo detrás del pueblo, el cielo adquiere una tonalidad rojiza, en contraste con los inmensos campos de trigo, amarillos ellos.

Estoy a las afueras, encima del pretil del puente, contemplando el paisaje. Las casas se mezclan en una abigarrada masa color ocre, ocre como la tierra en que están asentadas y de la que hechas están, como la tierra que verano tras verano hace cubrir de amarillo toda la vasta superficie que a nuestra vista se extiende. Se oscurece el cielo pasando de un azul oscuro a un intenso negro salpicado por innumerables estrellas relucientes.

Me levanto del pretil y camino entre las oscuras callejas, angostas, pedregosas, llenas de guijarros y de polvo, tan solo iluminadas por algunos pequeños farolillos, colgados a la vuelta de cualquier esquina.

De vez en cuando el silencio se ve roto por el ladrido de un perro o el repiquetear de las esquilas de algún rebaño de ovejas que, después de todo un día apacentando en estos campos, van a pasar la noche en la tenada de una de las casas del pueblo. Paso por la plaza, vacía también, y enfilo mis pasos a la casa de mi tía, donde me espera, como de costumbre, la cena y el sueño, producto del cansancio y la fatiga de todo un día en los Campos de Castilla.

Escrito el 15 de agosto de 1981. Fue el primer microrrelato de mi época juvenil, con apenas 17 años.

Nieva en Castilla

Un viento helado cruza la inmensidad de la llanura; el cielo está cubierto por un manto blanquecino. A medida que pasa el día y se acerca la noche, nubes cenicientas ensombrecen los pueblos de Tierra de Campos. Los pájaros hace tiempo que dejaron de alegrar los campillos amarillentos y los campanarios de las aldeas. Los árboles esqueléticos han perdido sus mustias copas otoñales, dejando al descubierto sus ramas descarnadas. Ya han dejado los pastores de llevar los rebaños al campo, y pasean por las callejas cubiertos cuello y boca con sus largas capas; junto a ellos, el fiel perro que ladra de vez en cuando con una queja lastimera. Y la vasta llanura ha entrado en la larga noche invernal.

Acaba de anochecer; las nubes han tomado una tonalidad rojiza. Caen los primeros copos de nieve, monótonos, silenciosos, sobre la fría tierra. A través de la ventana contemplo la oscuridad salpicada de blanco. Hace frío. Afuera silba el aire helado, la ventisca. Nadie pasa; todo está desierto: las callejas, el campo. En casa, la familia charla al calor del hogar.

La nieve sigue cayendo impasible sobre los senderos, sobre los tejados, sobre los que en otro tiempo fueron polvorientos caminos. Contemplo desde la ventana la oscura silueta de la torre de la iglesia, separada del resto del templo como un mástil que se eleva al cielo, alta y sombría. Bajo el campanario, la esfera del reloj luce mortecina, como todas las noches. Afuera, la nieve hace remolinos. Duerme la casa entera, envuelta en la madrugada invernal.

Pasan las horas. Llega el día. La vasta llanura castellana está cubierta por un inmenso manto de nieve. No se distinguen las negruzcas carreteras. Todo lo cubre: campos, tapias, tejados y chimeneas. A la pálida luz de la mañana, el pueblo ofrece una visión singular. Las rachas de ventisca han agolpado la nieve junto a los cristales y en el zaguán de las puertas. La noche ha congelado el chorro de las fuentes, y de ellas cuelgan duros y alargados chuzos.

Ahora no nieva, pero sigue soplando un aire gélido. El cielo, ora blanco, ora gris, amenaza con otra nevada. En la lejanía, la llanura se extiende toda blanca. Los árboles que bordean el Canal están vestidos de escarcha, como los puentes que sortean su curso. Allá en el horizonte se dibujan otros pueblos como este, con sus altas torres recortándose en el cielo gris y sus tejados nevados. Corre el viento por la fría Tierra de Campos, y la nieve vuelve a caer, silenciosa. Grises tierras, pardas casas de adobe. Una oscura melancolía me embarga al recordar el caluroso verano y el triste otoño.

Pamplona. Octubre 1981

Amanecer en Castilla

Estoy despierto. La luz de la mañana penetra entre las estrechas rendijas de la persiana aún cerrada. Oigo el canto del gallo y el cacarear de las gallinas, junto a la ventana de la habitación que comparto con mi abuelo, ya que el corral se encuentra justo al lado. Un nuevo día ha amanecido. En casa todavía nadie se ha levantado. Mientras tanto reflexiono sobre mi recién llegada, ayer, a estas tierras castellanas, y pienso que esta llanura inmensa, este cielo infinito, esos árboles solitarios que bordean el Canal, esos pueblos que mires donde mires divisas en el horizonte, todo ello guarda una belleza especial para mí.

Enseguida me levantaré y, tras desayunar, cogeré la bicicleta azul de mi tía para darme una vuelta por los alrededores, aprovechando la frescura de la mañana. Justo delante de la casa, y un poco a la derecha, se encuentra la iglesia de Santa Eufemia y su torre exenta. Y a la salida del pueblo, el Palacio de Ruiz Girón, que fue residencia de la reina Berenguela cuando abdicó en su hijo, el rey Fernando III el Santo, que unificaría los reinos de Castilla y León. Disfrutaré de las largas carreteras solitarias, de las conversaciones con los lugareños, de estos paisajes únicos, con sus casas de adobe y sus palomares, sus torres eclesiales milenarias. Aquí el ritmo de la vida es diferente, más lento y contemplativo.

A mi recuerdo llegan, en ese momento del despertar, imágenes del pasado, de otro pueblo cercano a Autillo, situado a cuatro kilómetros: Fuentes de Nava, el pueblo de mi familia. Recuerdo su plaza principal, con sus bancos de colores, la iglesia de San Pedro con su esbelta torre que se erige y se eleva hacia el cielo azul, perfilándose como un agudo estilete entre el resto de las casas, como un baluarte en medio de la vasta llanura castellana.

A mi recuerdo llega también una estrecha y retorcida calleja, antes pedregosa, ahora pavimentada de cemento, y al final de aquella, en un recodo, la casa de los abuelos, grande para mí en aquellos lejanos años de la infancia: su puerta roja, pesada, claveteada, con aquel agujero en medio —tal vez imagino fantasiosamente que de un disparo de fusil— que servía como mirilla; el suelo del pasillo que ascendía a las habitaciones, cubierto de baldosas rojas; la pequeña cocina, a un lado el fogón con su ancha chimenea, al otro la mesa en la que nos juntábamos a comer toda la familia.

Y, en medio de aquella estancia, una puerta que llevaba al corral y que, al abrirse y cerrarse, emitía siempre un suave chirrido. Y los gatos, aquellos pequeños animalillos que, al verme, huraños, se escondían o subían escaleras arriba a la lóbrega panera, oscura, donde tan escasas veces pude subir.

Recuerdo aquel pasillo que subía a las habitaciones, y aquellos escalones tan altos para mí. ¡Cuántas imágenes se amontonan en mi cabeza!, ¡cuántos años ya de aquello!

Hoy, de nuevo, estoy aquí, en esta tranquila Tierra de Campos, un lugar que invita a la reflexión, a la lectura sosegada, a la escritura, como estoy haciendo en estos momentos, transcribiendo mis primeras sensaciones.

Alguien entra en la habitación y abre las ventanas de par en par, por las que se introduce ahora una deslumbrante claridad.

Autillo de Campos. Agosto 1982.

sábado, 8 de agosto de 2026

Soledad en la llanura. El abuelo

La llanura está hoy silenciosa. Solo se escucha, bajo los árboles, una fría y queda brisa en la tarde atardecida. Nubecillas oscuras se agolpan junto al ocaso enrojecido. El veraniego día oscurece su calor en la frialdad de una noche entristecida. Tañen lentas las campanas y su fúnebre sonido retumba y se pierde entre los álamos del río, entre los caminos solitarios, entre las callejas olvidadas de los pueblos de la llanura.

Ha muerto. Murió ya un hombre que era tierra, iglesia, hogar, ganado; personificación viva de aquellos pueblos, de aquella vida que hoy recuerdo con nostalgia y emoción contenidas.

Recuerdo su imagen: silencioso, justo enfrente, al lado de la ventana, en aquel sillón suyo, contemplando a las gentes que pasaban por el camino de la fuente o frente a las escuelas. Escuchaba yo sus historias con agrado, sus bromas y sus gestos. Qué humor, qué alegría desprendía aquel hombre de ochenta y tantos años.

Luego fue apagándose, como una vela que se consume, poco a poco; un poco más postrado cada día, pero lúcido hasta el final, aunque más triste, más silencioso, más amargamente solo.

Recuerdo también años atrás, en el pueblo, cuando aún vivía la abuela, en su casa, cuando regresaba del campo. Los años pasaron y se iban marcando en su rostro. Regresan a mi memoria las últimas imágenes, un año antes de su muerte.

Hoy la llanura está sola, extrañamente vacía y silenciosa. Paseo por el camino que separa un pueblo de otro y siento, más que nunca, esa soledad, la soledad y el abatimiento; y siento que se me muere el recuerdo. No podré verle más.

El pueblo queda atrás y parece ahora una masa informe de casas amontonadas, sobre las que destaca la alta torre de la iglesia que tañe esas lentas campanadas. Y paseo por una bulliciosa calle de mi ciudad y siento que, en mi interior, también tañen desde lejos esas campanas.

Le recuerdo sentado sobre una silla, temblorosa la mano, buscando en el bolsillo de la chaqueta la petaca de tabaco y el librillo; amasando luego entre sus arrugadas manos lo que sería un pequeño cigarrillo, que encendería con el viejo chisquero. La boina calada y el cigarro entre los labios. La mirada recta, seria, que se tornaba de repente en una sonrisa acompañada de un movimiento de cabeza, como diciendo: «¡Ay!». Y, de pronto, una tos seca por causa del tabaco.

Aquellos ojos profundos miraban el fondo de las personas; se clavaban en la ventana con una mirada perdida. Mirada perdida, como si recordara el pasado, como si lamentara el presente, como si supiera de antemano el futuro que le esperaba. Aquella nariz aguileña… Aquella tez sonrosada…

Sentía la lenta agonía del tiempo. Hoy la llanura atardece, pero llora en silencio —con esa soledad que se siente en el aire, en los árboles, en las calles, en los corazones— la muerte de un hombre que formaba parte de esa pequeña gran historia de los pueblos, de las gentes de Castilla.

Desde aquí, Castilla se me ofrece como un refugio para la reflexión, la lectura o la literatura. Pero sé que, para mí, esa llanura ya no tendrá aquella atmósfera de entonces, porque habrá perdido uno de sus más entrañables componentes.

No perdamos nunca la memoria ni el recuerdo de nuestros antepasados.

Vicente Torres Delgado. Fuentes de Nava, 1 de septiembre de 1893 – Autillo de Campos, 24 de agosto de 1983. Elegía escrita por su nieto Carlos Albillo Torres en octubre de 1983